lunes, 20 de septiembre de 2010

El Fénix

Rompe de una vez mi pecho y deja de hacerme sangrar

Deja de arrebatarme las ganas de ahondar en lo intenso, deja!, deja!, deja por favor,

De dejarme en silencios… de tragarte mis sílabas y robar mi vocabulario.

Déjame… basta de golpearme con olas violentas la hora de tu recuerdo.

Llévate de una vez el yugo de mi esencia y presúmelo ante tu ego, ya no me importa nada.

Me dejaste cruelmente tu mirada en mi puerta, y quemaste la mía para no dejar de tocarla.

¿Qué más te hace falta?

Si ya solo quedan los trapos de mi edificio, no tengo siquiera el sabor de mi boca, en la tuya.

No tengo nada que devolverte. Y tú sigues queriendo robarte lo que puedas y dejar algo tuyo a cambio para recordarte.

Has quemado mi piel para que crezca la tuya y cambiar mi apariencia.

Me derrotaste, me quitaste los huesos y los reemplazaste por hilos de oraciones.

Sólo soy un pergamino de lo que fui, de lo que logré y perdí, de lo que cedí y devolvieron.

Tengo en mi nariz, el aroma de lo viejo, de lo nuevo, del futuro y de mi muerte.

Y.

De pronto, déjame… el ave Fénix me regaló sus alas, y ellas me llevarán lejos de ti.

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